La isla del desencanto


La Habana fue la ciudad que nos acogió durante esos siete intensos días. Si bien no visitamos otras provincias, podemos (re)crearnos una idea de las problemáticas que transcurren en ellas teniendo en cuenta lo que presenciamos en La Habana, capital del país, aunque casi siempre tiende a peor la existencia en las comunidades “secundarias”.

Lo primero que nos chocó fue la descongestión, por llamar el fenómeno de algún modo, con que vive la gente. En un país donde las limitaciones materiales (productos básicos) son el pan nuestro de cada día, donde la premisa de cada cual es sobrevivir, percibimos un ambiente nada agitado; por lo el contrario, el cubano de a pie convive con esa carga insoportable que es tener muy poco para comer, vestir, vivir. Y no es sólo que no les hace mella; hay una especie de burla y parodia de sus propias miserias o destino como nación. Choteo lo llaman, expresión cultural que heredaron, sin duda, de la Madre Patria. No en balde Pedro Salinas expresó que Cuba tiene en su seno la ciudad más española que existe fuera de España: La Habana.

Sin embargo, para los peninsulares la broma o el cachondeo no implica la sumisión ante lo adverso, la aceptación incondicional de cuanto limite sus libertades y derechos básicos como seres humanos. En ellos reposa la experiencia vivida durante la dictadura franquista: la resolución de “Nunca más”. Sobre los cubanos, en cambio, parece pender la desmemoria o algo más grave, una tendencia a la inmolación que me deja sin argumentos, más que nada porque es la evidencia crónica de décadas de tortura psicológica, de mutilaciones, cínicos chantajes, y paranoias.

La mayoría de los cubanos quiere un cambio sustancial desde hace tanto tiempo que le parece mentira la supuesta ejecución de las recientes reformas estatales. Muchos ven en las promesas del actual mandatario, hermano-heredero del anterior presidente, una estrategia muy a destiempo para mantener dormidas a las masas, una pose que pretende apuntalar el país hasta ver qué cae del cielo…

El turismo, la fuente de ingreso de divisa más importante, se ha desestabilizado. Cada vez son menos quienes optan por visitar las instalaciones cubanas, tan desmejoradas. Las inversiones extranjeras también han disminuido a causa de la crisis global. Las mesadas o remesas familiares son el único canal de liquidez regular que oxigena el microclima isleño. “Qué cae del cielo” es frase recurrente; de esa fe o intuición se ha sostenido la economía insular. Una economía estatalizada, de supervivencia.

Seguro que, llegados a este punto, los lectores se preguntarán “pero en qué consiste ese estado crítico vital”. Compartirán mi propia sorpresa con sólo revelar algunos datos: -Hay dos monedas circulantes. Una es divisa. La otra, nacional. Los obreros y profesionales reciben su salario en esta última, llamada peso cubano. Salario promedio: 15 dólares al mes. Los productos elementales de supervivencia pueden ser adquiridos en los supermarket por la moneda-divisa llamada CUC, que en la práctica es igual que el dólar. Para poder comprar un CUC, el ciudadano común abona 24 pesos nacionales. O sea, el siete por ciento de su salario. 24 por 1: esa es la correlación. Con un dólar sólo puede comprar casi lo mismo que una persona en Estados Unidos. La sutil diferencia es que en Cuba los productos se encuentran inflados a un 200 por ciento. De esto se deriva que el cubano medio está por debajo del umbral de pobreza extrema en lo relativo a sus ingresos, al ganar menos de un dólar al día. Esta constante lucha en la que se ven imbuidos por alimentarse diariamente, por hablar sólo de lo esencial, ha provocado que se disparen la violencia, los asaltos, el robo, la corrupción. Muchos profesionales han abandonado su carrera laboral para asumir puestos no calificados (ejemplo: en el sector turístico) porque ganan como mínimo tres veces más la cantidad que obtenían en su profesión.

-Todo tiene que subordinarse al poder. Quien se distancie del bloque es escarmentado, como la oveja que no sigue al rebaño. No existe la libertad de prensa, criterio, reunión. Hay un solo partido (el comunista). Las elecciones están estructuradas en función de que el pueblo no pueda elegir mediante voto directo al líder. Se vota por un representante del vecindario. Este es quien detenta el poder de votar al municipal. El municipal vota al provincial, y así consecutivamente hasta que unos pocos elegidos, lacayos del sistema, “eligen” al presidente. Dada esta y otras estructuras de vigilancia y control, los ciudadanos se hallan sujetos a una constante propaganda política diseñada para alimentar su lealtad y miedo. Como resultado de la represión, los cubanos se sienten sin armas para responder a los abusos, y la generalizada presencia de informantes de la Seguridad del Estado alimenta la desconfianza.

-La censura de la tecnología va desde la prohibición, so pena de cárcel, de tener TV por satélite (pues “constituye una fuente de diversionismo capitalista”) hasta la imposibilidad de acceder a INTERNET, cuyo servicio de baja velocidad cuesta 55 dólares al mes: más de tres salarios del cubano común. Este desmedido costo, en correspondencia con lo que gana la gente, constituye una estrategia mas de la política gubernamental de limitar todos los órdenes de información y actualización internacional, con el objetivo de aislar a los cubanos, mantenerlos al margen, viviendo una vida paralela. Todo esto me resulta muy absurdo, pues el 85 por ciento de los filmes y series que transmiten en los cuatro canales de la TV cubana son norteamericanos.

Mucho más se podría abordar sobre la polémica isla. Otros aspectos se quedan en el tintero: la vivienda, el transporte, el mercado negro, los viajes, el turismo… Quizá vuelva sobre ellos en un próximo artículo donde aborde también otros temas; otro texto necesario, develando el rumbo interior de la que fuera, a finales de los 50´, la tercera economía más importante de América Latina.


Fall 2010
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