Existencia Tenaz

La sangre judía corría por las calles de Europa como si fueran las aguas de un rio que va arrasando con furia sus corrientes. El olor a hambre, tristeza y desesperanza estaba por doquier, impregnado en el sufrimiento de cada judío.
Por las calles de Kaunas, Lituania caminaba un niño con el nombre de David Kaplan. Se dirigía pensativo al negocio de costura de la familia en la Calle 44 Shaulai. Le hacía oídos sordos a los insultos de la gente cuando le gritaban “judío sucio” mientras le escupían la cara. Su mente se encontraba en otro lado, pensando en la invasión de los nazis. Llegó a su casa abatido por la noticia. Esa mañana del año 1941, había salido un anuncio en el periódico donde se les dabaa los judíos—30 días para mudarse a Slabotka. A los que resistieran y se quedaran los matarían. Con una voz tímida, como si presintiera lo que venía, David le dijo a su madre, “Mamá, vámonos de aquí, podemos huir a Rusia. Vámonos que nos van a matar”. A lo que la madre sólo respondió, “No tenemos porque huir, no hemos hecho nada. Los alemanés no son tan malos y además yo hablo alemán”. La invasión alemana había emprendido su
partida en Lituania y la sangre judía empezó a correr. Durante los primeros días del conflicto los lituanos quienes simpatizaban con los alemanés mataron aproximadamente 10,000 judíos.
Al poco tiempo la familia había cambiado la comodidad de su casa de 4 pisos, con sistema de calefacción y baños con agua caliente por un cuartucho en Slabotka. David estaba estupefacto tratando de entender lo que pasaba, había un alboroto de gente. Los ruidos, el cambio y el miedo no lo dejaban concentrarse. Divisó no muy lejos de donde él se encontraba a un grupo de judíos quejarse, diciendo que no había ahí suficiente espacio para todos. Un nazi que estaba cerca, volviéndose con una mirada llena de mordacidad, sonriendo les contesto, “No se preocupen, ya tendrán suficiente espacio”. En el momento, David no comprendía cómo era posible eso cuando él veía a más y más gente llegar.
Cada madrugada las calles de Lituania estaban llenas de judíos mal vestidos quienes portaban una estrella amarilla. Iban caminado por las calles porque no se les consideraba lo suficientemente humanos para caminar por las banquetas. Los soldados los dirigían hacia el aeropuerto donde trabajaban una jornada de 13 horas a pico y pala. Todas las personas tenían el mismo trabajo; hombres, mujeres y jóvenes mayores de 13 años. Las porciones de comida eran raquíticas; a las personas que no trabajaban se les daba menos de una taza de agua con harina mezclada. Mientras que a los que trabajaban les daban estampillas especiales para canjearlas por un poco de verduras secas y 250 gramos pan. Aunque David no tenía la edad para ir a trabajar, su cuerpo reflejaba una edad mayor. Cuando alguien se enfermaba, David usurpaba su lugar sin que los nazis supieran a cambio de medio kilo de pan. Desde esta temprana edad David empezó a ingeniárselas para poder sobrevivir; trabajando por otros, vendiendo en el mercado negro los calentones que él inventó y aprendiendo destrezas de un zapatero.
Un día, mientras David volvía del trabajo podía divisar a un perro entrar y salir por el cerco de púas que dividía el gueto de la población no judía y lo envidió. Quería él poder ser ese perro, para así encontrar la libertad. Siguió caminando hasta llegar a la entrada del gueto y mientras los nazis lo esculcaban para cerciorarse de que no metiera nada, escuchó unos disparos. Eran los SS, la policía alemana, entrenando su tiro. Le habían disparado a un judío que se encontraba en la cera de su casa. La hermana del niño herido corrió hacia él y con lágrimas en los ojos lo abrazó hasta que murió.
Tiempo después, David supo que el ejército de los nazis necesitaba zapateros y él se ofreció a trabajar ahí. Un día estaba sentado frente a una ventana puliendo unos zapatos cuando vio a camiones llegar al gueto. Los padres ya se habían ido al trabajo, dejando a los niños solos en las casas. Con voz alemana alta y autoritativa los nazis empezaron a llamar a los niños. David de pronto vio a su amigo y en un instante el niño fue tomado por el bastón de un soldado. Escuchaba la suplica del niño mientras gritaba, “¡Por favor déjeme ir, por favor!” En un segundo los nazis habían llenado los camiones de niños y habían partido al Noveno Fuerte para ejecutarlos. Lo más devastador fue una vez que los padres llegaron a sus casas vacías. El llanto y la desesperanza los invadió. Sus hijos era todo lo que tenían. Muchos en su tristeza fueron a las cercas de alambre y se electrocutaron. Esa noche David escuchó los llantos de padres y madres por sus hijos. El deseo de morir ocupó todo su ser. Prefería la muerte antes de vivir esa vida. La muerte de cualquier manera menos por la mano de un nazi. Fue en ese momento que supo que el soldado no había mentido cuando dijo que tendrían más espacio.
A principios de agosto de 1941, la familia de David fue trasladada al campo de concentración Sanzai. David esperaba ahí una vida mejor, pero para su sorpresa las cosas empeoraron. Las familias fueron separadas, había menos comida y trabajaban más horas. Cuando los rusos estaban cerca de la frontera de Lituania los alemanés cerraron el campamento de Sanzai. Fueron cuatro horas de marcha hacia la estación del tren, y una vez ahí empezaron a empacar a los prisioneros en carros para ganado. Estuvieron todo un día antes de que el tren partiera. Había tanta gente en los carros del tren que ni siquiera tenían espacio para respirar. Algunos se tiraban por las ventanas.David quería también saltar y encontrar la libertad, aunque esta estuviera junto con la muerte, pero su madre no lo dejó.
Fueron dos días de viaje, sin comida ni agua. Pararon en Stutthof, Polonia y empezaron a separar a las mujeres de los hombres. David le dio un fuerte abrazo a su hermana despidiéndose de ella. Luego volteó a ver a su madre y con una mirada llena de llanto se despidieron, sabiendo que no se volverían a ver. Todos se sentían tan desamparados, sin esperanza y fuera de control. Luego echaron a los hombres en un sólo carro del tren y los llevaron a Landsberg. Su destino era el campamento número uno de Dachau.
En Dachau—cerca de Munich, Alemania— los cuarteles donde vivían eran redondos simulando un hongo. No se sabía si estaba más mojado fuera o dentro de los cuarteles. Les daban de comer dos tazas de sopa aguada con verduras secas y algunas veces una barra de pan para 20 a 25 personas. Se levantaban a las 4 de la mañana para ir a trabajar. Caminaban 10 kilómetros a la cementera donde trabajaban cargando costales de cemento de aproximadamente 50 kilos. Era un trabajo inhumano. El cemento seles metía en la nariz y cuando se secaba obstruía los orificios. Para podérselo sacar, la gente se tenía que arrancar pedazos de carne también.
La moral de David estaba por los suelos. Se encontraba completamente deshumanizado. Siempre con frio, siempre con hambre, siempre trabajando. Su mente no alcanzaba a razonar. El hambre lo estaba volviendo loco. Aparte de todo había otro problema letal, los piojos. Se pasaba noches en vela rascándose. La picazón no lo dejaba hacer nada, ni siquiera comer lo poco que le daban.
El día 22 de abril de 1945, David y otros 20,000 prisioneros partieron a la Marcha de la Muerte. Los alemanés les dijeron que los llevarían a Suiza para cambiarlos por prisioneros de guerra. La verdad era que las tropas americanas estaban cerca y los nazis no querían que los rescataran. Era una caminata larga y a cada paso que daban alguien iba muriendo. El frio, la nieve, el hambre y la desesperación eran factores que disminuían las posibilidades de mantenerse en vida. Un día al despertar, la nieve los había cubierto completamente. David se dio cuenta que los nazis los habían abandonado en medio de las montañas para que esperaran ahí la muerte. Por fortuna, las tropas americanas llegaron a su rescate. Sólo 800 prisioneros sobrevivieron. David fue uno de ellos.
Después de su rescate David pidió refugio en Estados Unidos y ha vivido en El Paso desde entonces. Se casó con una hermosa mujer mexicana junto a la cual ha disfrutado del goce más sublime, tener una familia. Quien viera hoy a ese padre amoroso, a ese hombre de negocios exitoso; nunca se imaginaria la tragedia que vivió. Me es sorprendente conocer su historia; no obstante, no alcanzó a comprender la nobleza que hay en su corazón. Muy cierto es que los nazis pudieron traspasar las fronteras de Lituania pero no fueron capaces de traspasar el corazón del Señor Kaplan. El regalo del perdón lo dio a los nazis en una forma instantánea. Tomó la decisión de vivir una vida sin rencor. Tomó las riendas de lo único que podía controlar, su vida, y aprendió a disfrutarla al máximo.

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