El encanto peligroso de una mujer


El sol ofrece su última mirada y como un niño jugando a las escondidas, resbala sus finales brillos entre las montañas que rodean aquel pueblecillo. ¿Qué digo pueblecillo?, si ya es una gran ciudad, pero que no ha dejado escapar ese aire pueblerino que tanto relaja y enamora a quien tiene la fortuna de conocerle.

Al ritmo que marca el movimiento de una mecedora, Doña Locha adormecida por el sublime silencio que domina esa tarde de verano, recupera las energías gastadas en el quehacer diario; lavar la ropa del nieto, los trastes de la cena y el correr de tantos clientes que frecuentan su pequeño “Chumilco”, así ella lo llama, un reducido y raquítico puesto de abarrotes que le deja lo necesario para existir.

En el hipnotismo de ese merecido descanso y en la frescura de aquel tejaban, deja volar sus pensamientos aún vívidos a pesar de su avanzada edad y las enfermedades que tanto la aquejan. Empieza a pensar en su madre, Doña Chole, aquella recia mujer. Su madre era la indomable, de voz sonora y firme como un estruendo de guerra, su espíritu de lucha era como un roble, inquebrantable ante las adversidades. Esa voz la recorre como en aquellos años, cuando sentadas al borde de la mesa con la iluminación que el aparato les brindaba, recordaban a aquel hombre que tanto admiraba Doña Chole. Con emoción desbordada, se pasaba la noches contando a su hija las aventuras y las hazañas de su General, de su amado General Francisco Villa.

Pasaban las horas y tanto una como la otra se disfrutaban mutuamente, una jugando el papel de la narradora y la otra escuchando e imaginando aquellas aventuras en tan emocionantes escenarios. Doña Chole fue una de las muchas “Soldaderas” que luchó junto a tantos hombres y mujeres valientes que entregaron su fé y voluntad en la lucha armada de 1910 en México. La Revolución Mexicana brindó a muchas mujeres la oportunidad de unirse en el sentimiento de un pueblo dolido y ansioso de mejores horizontes. Ahora, Doña Locha es la heredera de esa historia y puede presumir de su madre que tanto la enorgullece. Aunque los años ya han dejado su huella, Doña Locha aún guarda en su mente un espacio que lo mantiene el amor de hija y que se rehúsa a desaparecer aunque la viejes se lo reclama. Bien dicen que recordar es volver a vivir. Cuando Doña Locha transporta su mente a los instantes en que su madre le narraba sus hazañas, la juventud mental hace un milagro para beneficio de quienes le escuchan. Puede platicar con un sabor peculiar el instante en que su madre se enlistó en aquel legendario ejército, Los Dorados de Villa. Doña Locha emocionada empieza a contar, “Mi madre estaba sentada aquella mañana en la puerta del jacal dándole de comer a las moribundas gallinas, cuando miró venir a lo lejos a la tropa. ¡Uuuu! Eran munchos y todos bien formaditos a caballo, uno que otro desbalagado pero ni se notaba y enfrente de ellos ¡Mi General! Era muy guapo mi General, traía a munchas tras él, pero siempre muy serio. Pero los serios son los más peligrosos, ‘cuídate de las aguas mansas’ decía mi madre. Mi mamá se le acercó a Villa. Primero gritó fuerte ¡Viva Villa! y de inmediato mi General volteó y fue cuando mi Madre le preguntó por mi papá que andaba en la bola y pues le dijo que había caído en Zacatecas. Le reconoció su valentía y le dio unas monedas a mi madre. ¡Cómo le lloró mi mamá!, pero de inmediato se ofreció disque pa´ seguirle en la lucha. Se metió a la casa, nos llevó con mi abuela y se fue entre la bola.

Ahí duró algunos meses hasta que se regresó al pueblo. Yo la vi llegar, venía toda mugrosa y aterrada, olía a hollín, a tortillas quemadas o algo así pues sirvió a Los Dorados como cocinera y en lo que el General mandara. Nunca tuvo miedo, era muy entrona mi madre. Cuando llegó me contó de las grandes batallas en las que en varias ocasiones tuvo que disparar aquellas pesadas armas y esconderse de los federales, levantar muertos y entrarle a la lucha en el frente. Una gran mujer mi madre.” Cuando Doña Locha terminó de contar su historia un indicio de lágrimas cristalizó sus ojos. Es hermoso oírle y ver como se conmueve. No todos tienen la dicha de ser parte de la historia de un país que ha forjado su presente a base de la lucha de sus habitantes. Por ello, debemos reconocer la trascendencia de ese movimiento social que determinó la vida moderna de México.

Doña Chole fue una protagonista de esa época, que si bien no fue mencionada en los libros de texto por algún hecho heroico, fue fundamental desde su función para que ese movimiento social tomara fuerza y rumbo. Es aquí donde debemos valorar el papel de la mujer mexicana desde el punto de vista histórico y su impacto social. Para mí, ahí fue donde la mujer mexicana adquirió su protagonismo para la transición cultural que refleja la sociedad actual.

La equidad de género en la que hoy en día estamos trabajando en México, nos demuestra la madurez que nos han dejado las luchas que hemos enfrentado por logar los principios de la igualdad y la democracia. Debemos recordar que todos los constructores de nuestro presente, hombres y mujeres que se encaminaron en un proyecto personal de trascendencia, visualizaron un país distinto. Ellos soñaron con un país completamente democrático e igualitario, con oportunidades que con el tiempo debemos ir cristalizando para el beneficio de las generaciones futuras.

Las mujeres mexicanas durante la revolución, tomaron también su papel y se agregaron a la lucha armada dejando su vida por la causa y por el marido que se enlistaba en la tropa. “Soldadera” era como se les nombraba. Vestían los atuendos típicos y se les veía armadas y, debemos decirlo, lucían intimidantes aunque con el encanto peligroso de una mujer. Debemos entender que en algún momento de la historia existieron, como en todos los tiempos, mujeres excepcionales. Ellas brillaron por su heroísmo y valentía al realizar hazañas en las que se involucra el arriesgar su vida o incluso perderla en el acto. Pero lo que es importante resaltar es que en la Revolución Mexicana, tanto hombres como mujeres lucharon hombro a hombro. Gracias a ellos podemos disfrutar de los principios de los que hoy, en distintas luchas, defendemos.

Por Oscar Ariel Gamboa Rubio



Spring 2010
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